Paulita, Daniel y Foxel…

Paulita, Daniel y Foxel, una historia que contar

En el 2020 tras la pandemia, pude conocer a Paulita, a su hermano Daniel y a sus padres, Raquel y Rafa, una familia entrañable con quien compartí momentos muy especiales  en un entorno de naturaleza, en Collserola( Barcelona) acompañados por nuestros queridos amigos, los caballos, gracias a Gema Gené, quien dirigía las sesiones de equinoterapia para Paulita, siempre acompañada por su hermano mayor, Daniel, y a quienes acompañé durante dos años. Paulita padece Síndrome de Rett, trastorno neurológico del neurodesarrollo de origen genético que afecta principalmente a las niñas.

Fue en ese mismo entorno donde conocí a Foxel, mi querido amigo Fóxel, un caballo muy simpático, noble, enérgico y salvaje cuando tenía espacio libre para correr. El primer día que coincidí con él y estuvimos juntos en la pista fue muy especial. Siempre me habían gustado los animales, especialmente de niño y cuando estaba con ellos en un entorno libre.

En La Rioja, en la Huerta de Corera del tío Amando, familia de mi padrastro, había un perro al que nadie quería, Bobi, un pastor alemán que no asustaba ni a los pájaros, y allí los animales debían ser útiles. Lo dejaban atado en un rincón de la huerta porque lo tenían por inútil, yo pasaba horas a su lado, simplemente estaba con él y le hablaba, le contaba una y otra historia. Cuando acompañé a mi primo Jon por primera vez a poner cepos para cazar pájaros, nunca olvidaré la primera vez que vi un pajarito atrapado, esa fue mi última experiencia con los cepos.

Me encantaba ir con mi abuelo Agapito por las mañanas a la huerta, madrugar con él para sembrar, cosechar, recoger hortalizas y fruta de los árboles, hacerle miles de preguntas, ver y escuchar todo tipo de animalitos, aves, renacuajos, ranas, insectos, etc. Con el paso de los años y en la gran ciudad, todo esto fue quedando en el olvido, en mi pasado, y  la vida urbana moderna, el asfalto, una vida familiar muy intensa, con una infancia y adolescencia muy difíciles, me alejaron de ese entorno progresivamente.

40 años después, conocí a los pageses de Sant Joan Despí, a Josep y a Joan Bonic, con quienes aprendí, colaboré y  de quienes hablo en mis proyectos.

Pude conocer en primera persona la vida en el campo, la agricultura tradicional, la pagesia, un sector en peligro de extinción. En el área metropolitana de Barcelona son los últimos pageses de la región, hijos de  agricultores; y las pocas tierras que quedan cultivables, con frutales, están rodeadas de autopistas, edificios, ruido e iluminación constante.

Pude recordar y revivir de nuevo aquellos años de la infancia en La Rioja, el contacto con la tierra y con los animales, aquello que experimenté gracias a mi abuelo Agapito y  al tío Amando en Corera( La Rioja), tierra de la familia de mi padrastro, donde solíamos veranear. Agapito y Amando me regalaron momentos muy especiales, y crearon para mí un oasis de calma y armonía, dentro de un entorno hostil en aquel entonces, a nivel personal y familiar, entre los 6 y los 13 años de edad, allí veraneaba con mis padres y con mis hermanos pequeños.

El campo y la naturaleza me acompañaron y me acogieron en una etapa muy complicada de mi vida. Cuarenta años después volví a conectar con ese mundo, la tierra y los animales. Con Foxel, como con Bobi, pasé muchas horas, una mirada, la presencia, el contacto, a veces una canción, la respiración, hacerle yuki,  estar juntos sin ningún otro objetivo, un año tras otro hasta que me marché de nuevo a Euskadi.

Visitaba a Foxel cuando iba a Barcelona a ver a mis amigos y a mi familia, hasta que lo trasladaron de Collserola al Berguedá, prepirineo catalán, donde  falleció hace un año. No pude despedirme cuando fui a San Salvador de Guardiola a visitarle, pues me comunicaron que había fallecido unos meses atrás, tuvieron que sacrificarle. Aprovecho este espacio personal para recordar a Foxel, y para presentaros a Paulita, a Daniel y a sus padres Raquel y Rafa, una familia entrañable, admirable, rodeados de un ambiente positivo que les acompaña allá donde van, siempre tienen una sonrisa para regalar a los demás. No cabe duda de que incluso cuando estamos en medio de la mayor adversidad, una sonrisa, una mirada cómplice, un gesto cariñoso pueden alumbrar y acompañar a cualquiera en los momentos más difíciles.

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